Treinta años. Qué hermosa edad.
Empieza con el tres, el número perfecto,
y luego se convierte en una escalada de números directamente
proporcional a las expectativas que la sociedad tiene sobre ti.
Es decir: si tienes treinta y un años, la expectativa es solo una.
Tener un trabajo estable.
Si tienes treinta y dos, tienes que tener trabajo y novio.
Si tienes treinta y tres: trabajo, novio y bebé.
Y así sucesivamente.
De cualquier forma, ¿a quién le importa?
También puedes elegir vivir la vida que quieras,
dejarlo todo, convertirte en influencer y mudarte a Camboya.
Pero hay algo que nos une a todos.
Los primeros dolores.
Y no, no los sentimentales, que para los más
experimentados empiezan ya alrededor de los quince años.
Otro tipo de dolores. Los de espalda.
Si entrenas, duele porque entrenas.
Si no entrenas, duele porque pasas todo el día sentada delante del ordenador.
No hay escapatoria. Tienes que ir al osteópata.
Y el osteópata, a pesar de ser de esos obsesionados con estirar, es un estirado.
Te encuentras en su consulta.
Te desnudas e intentas relajarte,
él te mira fijamente con una mirada impenetrable.
Te das la vuelta y él pregunta: “¿Bebes?”
Y tú, toda intimidada, respondes:
“Bueno… sí… de vez en cuando… los fines de semana…”
Mientras piensas en todos los gin tonic de la noche anterior,
te das cuenta de que ha caído el silencio.
Se refería al agua.
En ese momento, intentas recomponerte:
“Jajaja, perdón, pensé que era la pregunta habitual sobre tabaco y alcohol.”
Quieres desaparecer.
Y, por lo menos, parte de ti lo hace.
En su camilla.
Después de varias maniobras, ya no estás segura de poder caminar.
Lo más probable es que el dolor de espalda ya no lo sientas,
porque ahora tienes otros dolores más fuertes en otras partes del cuerpo.
Te duele también el alma, porque te sientes juzgada.
Él vuelve al tema del agua:
“Por favor, beba más agua.”
En ese momento recuerdas que la razón por la que estás allí
es precisamente esa: el agua.
Y entonces insistes, te defiendes y le respondes con aire desafiante:
“Mire que el dolor me vino después de haber
levantado las garrafas de agua.
Por eso estoy aquí.
Por eso bebo poca agua.”
Sí, porque ha llegado el momento de decir una gran verdad:
la peor cosa para una mujer cuando termina una relación,
¿sabéis cuál es?
Tener que comprar el agua.
Sola.
Es el momento en el que sientes que has caído más bajo.
Porque estás literalmente arrastrándote.
Con esas cajas de 90 kilos que casi te arrancan los brazos.
Y, para colmo, no tienes ascensor en casa.
Debería existir una cláusula antes del final de una relación:
yo sigo recordándote dónde aparcaste el coche,
pero tú, por favor, ¡sigue comprándome el agua!
Pero no.
Vuestra relación se ha acabado y, mientras
lo ves llorar por la ruptura,
corres a buscar una jarra.
Ni una sola gota de agua puede desperdiciarse.
Ya sabes que, pasadas unas semanas,
vas a dejarte morir de sed.
Y, sin embargo, lo que vas a hacer en los días siguientes
es comprar solo una única botella de agua.
Y racionarla.
A partir de ese momento, va a vivir contigo:
la llevarás al trabajo, al gimnasio, a la cama.
Sustituirá a tu exnovio.
A los invitados que vengan a visitarte, a partir de entonces,
les ofrecerás Malbec Reserva, ginebra, café, leche,
cualquier cosa menos agua.
En fin, mientras piensas en todo esto,
el osteópata, que tiene unos músculos enormes
y mide unos seis metros de altura,
te dice que deberías tener siempre cajas de agua en casa.
Y tú piensas que esto es una conspiración:
porque esas cajas de agua
se van a transformar en dolores de espalda,
que se van a transformar en dinero para él.
Pensad en la liquidez.
Y vosotros diréis: en 2026, las compras llegan a casa.
Y, en teoría, es una idea estupenda.
Lástima que cueste más que una sesión de terapia.
¿Entonces? ¿Sabéis cuál es la solución?
Encontrar un novio, preferiblemente Acuario.