DE CREENCIAS Y CONSECUENCIAS.
¿Cuánto deben custodiarse los deseos?
¿O cuánto, por el contrario, gritarse al mundo?

Al respecto, hay dos diferentes y inconciliables escuelas de pensamiento. 
Es decir, dos categorías de personas: los herméticos y las cotorras.

El hermético es a quien tienes que sacarle las palabras de la boca, el que si tiene un deseo no te lo dice porque, si te lo dice, le traerás mala suerte. Y el deseo no se cumplirá.
No se entiende qué le hiciste. Tal vez eres su mejor amigo, pero él no se fía. 

Puedes ser incluso su madre o chatgpt versión premium. No le sacarás nada. Él no puede ni siquiera pronunciar aquel deseo. Lo guarda para sí mismo, cerrado a cal y canto en su mente. 

Y tú te estarás preguntando: vale, pero si se lo guarda para sí, tú no sabes que está deseando algo. ¡He aquí tu equivocación! Él te dice fuerte y claro que tiene un deseo. Es sádico. Quiere verte sudar de curiosidad. 

Pero si le preguntas por qué no sale más de casa, por qué comparte las cadenas de “reenvía o morirás” en whatsapp o por qué cierra los ojos cuando lee en el microondas secuencias de números iguales, él te contestará en tono sumiso: 

“Eh... sabes… hay una cosa que me encanta…pero no puedo decírtela ahora… espero de verdad que vaya todo bien… mira, te la digo en cuanto pase… que no va a pasar, ¡pero si pasa!”

Y tú lo odias. Porque antes de que te dijera que tenía un deseo, tú estabas como Dios y ahora, por el contrario, mueres de curiosidad por saber una cosa que, al noventa y nueve coma nueve por ciento, te la suda. 

Bien, estos son los primeros. 
Después hay otra categoría de personas: las cotorras.

Los que, por el contrario, si tienen un objetivo, cualquier cosa que desean ardientemente, tienen que decírsela a todos. 
A T-O-D-O-S. INMEDIATAMENTE. 
También a la señora que está en la caja del supermercado.

“¿Quiere bolsa?”
“No, gracias, ya tengo… pero, ¿le he dicho que el año que viene voy a comprarme una casa?”
“Ah ¡Qué bien! ¡Enhorabuena!”
“No, atienda… estoy segura de que la encontraré”
“¡Qué bien! Perdone, señora siga hacia adelante…”

“Le explico: mi presupuesto es de doscientos mil euros, pero sabes, hablé con el banco que debería concederme una hipoteca bonificada porque todavía no tengo 36 años, mi cumple es el catorce de junio. Claro, es un piso de dos habitaciones, pero sabes... estamos en Madrid… encontré sólo uno…”

Mientras la cotorra cotorrea, la fila de la caja del Mercadona de Atocha ha llegado hasta el Bernabéu. Se disputaron diferentes campeonatos, estamos a trece de junio. Es la víspera del cumple de nuestra cotorra y el concierto de Bad Bunny ya está lleno por causa de los pobrecitos que habían tenido la mala idea de irse al supermercado fuera de la hora punta. Pobres ilusos.

Todos tienen en la mano un único producto, lo más esencial para su supervivencia, con la esperanza de poder preguntarle al de delante si pueden pasar. El fin del mundo. 

Mientras tanto, la cajera del supermercado se mudó a un pueblo de Sicilia, cambió de identidad y ahora se llama Giacomino y la próxima dinastía de las cajeras dimitió por causa justificada: la-cotorra.

A pesar de eso, redoble de tambores, los que son como ellas son vencedores. 
Son entusiastas, aman la vida y follan un montón. Y, extrañamente, durante el sexo no hablan. Al contrario de lo que podéis pensar, no toman cocaína o drogas de ningún tipo. Y tienen mucha potra. En todos los sentidos. Probablemente porque hacen equitación, pero seguramente porque de lo mucho que contaron sus deseos a todos, se hicieron realidad. 

Sí, porque en el fondo a ellos no les importaba en absoluto contárselos a los demás.
No es que estuvieran pidiendo una opinión, ¿no te parece?
Lo que les interesaba era contárselos a los otros para su propio beneficio.
Ese era el único motivo por el que los secuestraron y les explicaron su proyecto con todo lujo de detalles, convenciéndose de él hasta lograrlo. Listos, ¿verdad?

Pues bien, como imagino que ya habrán intuido, los de su tipo también resultan bastante simpáticos. Porque son valientes y se la suda el juicio de los demás.
Al fin y al cabo, tuvieron que dejar espacio, al más puro estilo pausa publicitaria, al comentario o al juicio de sus interlocutores. No más de 30 segundos, claramente.

Y además caen bien porque se quedan con tu gato cuando tienes que coger un vuelo.
Los herméticos no.
Si es negro, los que salen volando son ellos.
Da mala suerte.


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